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CRONICAS PERSONALES: El primer viaje

domingo, 8 de junio de 2008

Quizá para mi familia sería una gran mentira decir que recién a los 19 años realicé mi "primer viaje". Pero de alguna manera, creo que esta experiencia, coincidentemente la primera desde mi etapa universitaria, marcó un antes y un después en mi vida; el inicio de una serie de viajes en que lo más importante ya no sería el lugar histórico y la foto bonita junto a la iglesia o la pileta de la plaza de armas; el inicio de mi vida como una "viajera" en el sentido en que, sabiamente, el otrora antropólogo y hoy reconocido periodista -Rafo León- califica a esta clase de apasionados por el descubrimiento de "otros" lugares y de los "otros" que habitan en ellos.

Bueno, como les contaba, fue a los 19 años en que, estando en mi segundo ciclo de universidad -época en la que había empezado a compartir los estudios con el trabajo- decidí escaparme del estrés de la ciudad de Lima y salir a cualquier destino donde pudiera respirar aire puro y alejarme, siquiera por un par de días, del ritmo apresurado de clases, sanguches al paso y trabajo hasta la medianoche. El destino debía ser cercano o de lo contrario mi descanso se reduciría a un bus y, eventualmente, al paisaje al lado del camino. Además que mi presupuesto, como es de suponer en alguien de esa edad, era bastante modesto. Y más aún, nunca antes había viajado "sola", y no me refiero al hecho de viajar sin mis padres, pues ya antes me había ido de viaje de promoción o de campamento, pero siempre con amigos.
Así que lo primero fue buscar en internet, de paso que el tiempo se pasaría más rápido en la oficina, y entre clicks, páginas de turismo y hospedajes, encontré mi destino: "Hotel Pachacámac Inn"... estábamos alrededor de Octubre, así que la temporada debía de ser baja y la lista de precios se veía razonable. Una llamada telefónica y un par de horas después, todo estaba listo! Mi día libre del trabajo sería al día siguiente y mi entrada era alrededor de las 3pm, eso me daba un día y medio para disfrutar y relajarme... porsupuesto que tendría que faltar a clases pero felizmente no había ninguna práctica ni control.
Y fue así que esta estudiante de Generales Letras emprendió su primer viaje por su cuenta y el primero con la mirada aún joven de una casi convencida (por ese entonces) "futura antropóloga". La llegada fue más rápida de lo esperado, en el bus iba escuchando un disco de Gian Marco donde cantaba música criolla y algunos otros CDs, entre ellos, el de Sui Generis... el paisaje poco a poco se iba trasfornando y el cielo se empezaba a abrir... todo indicaba que mi objetivo de "tranquilidad" sería alcanzado.

Llegué al hotel y, como era de esperarse, estaba completamente vacío. "Perfecto!" me dije, "no tendré bulla; los ambientes y jardines, así como el paisaje, estarán por completo a mi disposición." Me registré, conversé un poco con el dueño y el "botones", dejé mi mochila en el cuarto y salí a dar un recorrido por todas las áreas del centro recreacional con vista privilegiada (sin lugar a dudas).

Me eché un buen rato en el pasto, otro tanto en una banca que se encontraba en una especie de mirador y otro buen rato en uno de los columpios del hotel. Y entonces, llegó un carro y bajó una pareja joven. "Después de todo no estoy sola" y sonreí. Llegó la hora del almuerzo y pude conversar un poco más con el "botones" -quien también era "mesero". El señor vivía en el hotel desde hace años (formaba parte del grupo de empleados que celebran sus 25 años en el mismo centro de trabajo), por lo que tenía distintas historias que contar (muy interesantes por cierto). En esas recordé (o quizá el señor lo mencionó) que en Pachacamac se ubican las ruinas tan estudiadas por María Rostorowski, así que terminé de comer y discman en mano me fui caminando sola hasta las ruinas. El joven que anteriormente había visto, justo pasaba cuando salía y me indicó exactamente cómo podría llegar... no quedaba muy lejos y una caminata por esos lares era precisamente lo que necesitaba.

Llegué a Pachacamac y, para variar, me puse a conversar por horas con el guía (algo inevitable siendo la única vistante en ese momento). Ya antes había ido al templo, en una salida guiada del colegio, pero esta vez, era como si por primera vez descubriera el encanto de nuestro pasado, me imaginaba el lugar lleno de gente que, como yo, habían ido en peregrinación, para adorar a su dios... y sin darme cuenta, llegué a la cima, al punto desde donde uno puede observar el mar detrás de los muros de adobe como si se tratara de un documental o alguna película del discovery channel o la national geographic... simplemente, no puedo describir la sensación que en ese instante sentí, sabía en ese momento que éste, definitivamente, sería un viaje inolvidable.

Me quedé un buen rato más allí, haciéndole preguntas al guía y conversando sobre el Perú y muchos temas que ya no logro recordar... inclusive me brindó datos sobre diferentes museos de sitio y lugares alrededor de Lima que podría visitar sin tener que salir de la ciudad. Regresé nuevamente por la carretera, cantando a viva voz mientras el sol empezaba a ocultarse.

Cayó la noche y, felizmente el precio que había pagado no cubría la cena, por lo que me ví obligada a bajar al Pueblo de Lurín -donde también había estado muchos veces antes de niña. La pareja joven -quienes descubrí que vivían allí- también estaban yendo al pueblo, a comprar. En el camino, conversé con estos personajes interesantes, ya no recuerdo los nombres ni a que se dedicaba el hijo del dueño pero su novia bailaba en el CEMDUC de la Católica y ambos conocían mejor que nadie las maravillas y a la vez los principales problemas del lugar. Me dejaron cerca a la plaza, junto a un puesto de anticuchos. Y así cené, en la acera frente a la casa de una señora muy amable y alegre que al parecer todas las noches se reunía con las vecinas para contarse los chismes y hablar de sus problemas, al calor de la parrilla.

Realmente me divertía con las historias de este grupo de señoras y hubiera querido quedarme por más tiempo pero mi carro pasó por mí y estos muchachos había sido sumamente amable. Además, eran unas personas bastante interesante, recuerdo que (con las inquietudes propias de mi edad) los miraba con respeto y admiración porque sabían bastante de arte y (para mí) conocían bastante de la vida, incluso de la carrera que estaba considerando estudiar. Sobretodo, recuerdo que ellos habían pensado que yo era mayor (quizá por el hecho de viajar sola) y además arqueóloga (sabían que había ido a las ruinas de Pachacamac).

Llegamos al hotel, ellos se despidieron y yo me quedé hasta tarde en los columpios, contemplando los cerros (verdes de día) y el cielo estrellado... pensando que había valido la pena faltar a mi clase de "Antropología" con Curatola. Sentía que ese día había aprendido mucho más que lo que un par de horas de charla de un etnohistoriador italiano -sin por eso desmerecerlo- me podría brindar. Esa noche, a pesar de contar con un televisor en mi dormitorio, me dormí sin mirar la TV (usualmente duermo con "el sleep" encendido). Desperté al día siguiente, lista a escuchar nuevas historias del multifacético "portero" para, alrededor del mediodía, enrumbar con mi gran aliada -la música- por la carretera de Pachacamac, subida a la moto de mi anfitrión, quien bajaba a "hacer el mercado" (mi primera experiencia en un vehículo motorizado de dos ruedas).

1 comentarios:

♀Nadya P. dijo...

:)
Me enkanto la historia de tu primer viaje, Canchita. Empezé y no me detuve hasta terminarla. ¿SAbes por qué? Porque a parte de tener algo interesante que contar, lo escribiste muy bien.

Un abrazo.
Nadya

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